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4 años de sequía.

  • Foto del escritor: Tatonadas
    Tatonadas
  • 18 oct 2019
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 10 dic 2024

Basada en una historia de la vida real.

Esta es una de las muchas conversaciones que se escuchan antes de un partido de fútbol amateur.

—¿Qué pasa, Flaco? ¿Y esa cara?

—Es que hoy es 14 de noviembre.

—¡Uh! No me vas a decir que olvidaste tu aniversario. El quilombo que se te va a armar cuando llegues a casa, Flaquito.

—No, no es eso.

—¿Y entonces?

—¿Vos te acordás del día que comenzamos a jugar estos partidos?

—Ni idea, Flaco. ¿Un 14 de noviembre, supongo?

—Y sí, un 14 de noviembre... de hace cuatro años.

—¿Y?

—Y... lo que pasa es que me acabo de dar cuenta de algo: llevo cuatro años sin marcar un gol.

—¿Me estás cargando, Flaco? ¿Cuatro años? ¡Nah, dejate de joder!

—Pero te lo digo en serio, pelotudo. Llevo cuatro años sin marcar un gol.

—¿Ni siquiera la semana pasada? Mirá que jugamos contra un bosque. ¡¿Entendés, Flaco?! ¡Un bosque, estaba lleno de troncos! ¡Hasta el arquero hizo un gol!

—Y bueno, ¿qué querés que te diga? Todos marcaron... menos yo.

—¡Dejate de joder, Flaco!—Che, que te lo digo en serio.

—Ja, ja, ja. ¡Es que tenés que ser muy malo para no marcar un gol! Dame un segundo...

—¿Y a quién vas a llamar?

—¡Al Guinness Record! Esto mínimo merece un reconocimiento, ja, ja, ja.

—¡Pelotudo, que te estoy hablando en serio!

—Va, está bien, Flaquito. No te cargo más. Es más, te juro que hoy se acaba esa sequía. Pero respondeme algo primero.

—¿Qué?

—Tu papá... ¿no será Martín Palermo? Digo, de pronto es genético.

—¡Andate a la concha de tu hermana, pelotudo! ¡No te vuelvo a contar nada!


Esa misma noche, cuando ya estaba por finalizar el partido y el Flaco se resignaba a alargar su mala racha con un partido más en blanco, vio que su mejor amigo Carlitos le hizo una seña desde el mediocampo.

—¡Corré, Flaco, corré! —le gritaba.

El Flaco, dudando un poco, corrió. Carlitos soltó un pase en profundidad, de esos que van con toda la fe del mundo pero poca precisión. El balón venía raro, a media altura, casi burlándose, negándose a llegar a su destino.

El Flaco, sin saber muy bien cómo lo hizo, recibió el balón con el talón mientras corría y lo terminó de dominar con el empeine. (¡Crack!). Se fue acercando a la portería a toda velocidad, y podría jurar que, en ese momento, como por arte de magia, se levantó un estadio a su alrededor.

También juraba que escuchó la voz de Mariano Closs narrando esa última jugada:"Uy, pero qué pelota cómo la dominó el Flaquito. Atención que ahí está, ahí está, ahí estáaaaaaaaaaaa..."

Le dio un puntazo seco.

"¡Horrible!" —pensó el Flaco.

El balón salió rastrero, como regañado, como de mala gana. El arquero se lanzó, pero la pelota le pasó entre las lonjas del brazo y de la espalda.

—¡Gol! —gritó el Flaco.

—¡Gol! —gritó Carlitos.

—¡Gooooool! —gritó Mariano Closs.

El Flaco salió corriendo, desgarrando su voz y su camiseta. ¡Por fin! La maldición había llegado a su final. Los jugadores de las otras canchas pararon de jugar por el escándalo. El Flaco celebraba haciendo el “baile del robot”, el baile de “no fui yo, fue Dios”, y se lanzó al suelo en un abrazo de gol con su mejor amigo.

A lo lejos, mientras los gritos mermaban, una voz de un rival se iba haciendo cada vez más clara:

—¡No fue gol! ¡Pegó por fuera!

—¡La concha de mi abuela! —gritó el Flaco.

—¡Hijo de las tres mil putas que me parió! ¡Árbitro es lo que me voy a volver! ¡Árbitro!



 
 
 

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