Almuerzo (Parte 2)
- Tatonadas
- 3 dic 2019
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 10 dic 2024
—Te amo.
—Yo también te amo.
—Entonces déjalo.
Natalia bajó los cubiertos y regañó a Alejandro con la mirada.
—No vas a comenzar otra vez, por favor.
—Pero es que no lo entiendo, tú me amas y yo te amo, ¿entonces?…
—Entonces nada, ya hemos hablado de esto y sabes que no lo haré.
—¿Pero por qué?
Natalia se pasó la mano por la cara, como lo hacía cada vez que estaba perdiendo la paciencia.
—Mira, no es el momento ni el lugar para volver a hablar de esto, ¿sí?
—Lo sé, pero si no es ya, entonces, ¿cuándo? No es como que vivamos juntos —le reprochó Alejandro.
Natalia se acercó y tomó con sus manos la cara de Alejandro, lo miró fijamente a los ojos y, con una sonrisa, le susurró:
—Aquí y ahora. ¿Sí? Aquí y ahora.
—Está bien —respondió Alejandro con la resignación de un niño a quien su madre mandó temprano a dormir.
Natalia se sintió un poco más tranquila, aunque sabía que era una conversación que no podría evitar por mucho tiempo. Pero, ¿cómo explicar algo que ni ella misma podía entender? Amaba a Alejandro, pero era un amor diferente al que sentía por su esposo. Amaba cómo la miraba, cómo la deseaba, amaba lo tierno y lo rudo que podía ser, amaba cómo él la hacía sentir. Algunas veces pensaba que no lo amaba a él, sino a ella cuando estaba con él. Amaba estar en una relación sin ser una relación, sin la monotonía, sin las peleas, un amor de verano en todas las estaciones del año.
Esa tarde, después de almorzar, fueron a un pequeño hotel e hicieron el amor como solo los amantes pueden hacerlo, como si fuera la última vez.
—Tengo que contestar, puede ser de la oficina —dijo Natalia mientras buscaba en la mesa de noche su celular.
—¿Aló? Sí, con ella.Natalia se levantó y comenzó a recorrer desnuda la pequeña habitación.
—Sí, yo soy su esposa. ¿Qué? ¿Cuándo? No, no, no, no... Dios, no. No puede ser.
—Sí, sé dónde queda.
—Ya voy para allá.
Natalia perdió las fuerzas de sus piernas y se desplomó en el suelo mientras comenzaba a llorar.
Alejandro se apresuró a cubrirla con una manta mientras le preguntaba:
—¿Qué pasó? ¿Qué tienes?
Natalia levantó la mirada, tenía la cara pálida, los ojos rojos y, con un hilo de voz, le dijo:
—Es mi esposo, está muerto.
Al llegar al hospital, fue directo a la habitación donde tenían a su esposo. En la puerta se encontró con su cuñada. Se abrazaron y volvió a llorar.
—¿Dónde estabas? Te buscamos por todas partes.
—Estaba visitando a un cliente. ¡Mentirosa! Además de puta, mentirosa, pensó.
Después de eso, todo pasó muy rápido. Era como recortes de una vieja película. Abría y cerraba los ojos y estaba toda su familia consolándola en el hospital; abría y cerraba los ojos y estaba firmando unos papeles de defunción; abría y cerraba los ojos y estaba sentada al lado de un ataúd negro, rodeada de ramos de flores, de gente que hacía años había dejado de ver; abría y cerraba los ojos y estaba parada junto a un hoyo gigante, observando cómo el ataúd negro descendía en cámara lenta; abría y cerraba los ojos y estaba en su casa, su hermano Pedro le preguntaba si estaba bien, si quería que se quedara.
Cuando todos se fueron y por fin se quedó sola en su casa, lo único en lo que podía pensar era que lo último que le había dicho a su esposo, su último momento juntos, las últimas malditas palabras, fueron una mentira.
Sonó el celular, era Alejandro.




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