El Cuento de Daniel
- Tatonadas
- 24 jun 2020
- 4 Min. de lectura
Busqué en el bolsillo del pantalón las llaves de mi apartamento. Por un momento me pareció ver una luz en el interior que salía por las rendijas de la puerta. Al abrir vi a Pablo preparando algo en la cocina. Llevaba puesta esa vieja camiseta de AC/DC que le había dicho miles de veces que botara, y cada vez que se lo decía, él solía sonreírme, me tomaba la cabeza con sus manos, me miraba a los ojos y me decía: “esta camiseta tiene su historia y uno no va por ahí deshaciéndose de su historia”. Lo veo levantar la cabeza y un mechón de su perfecto cabello cae; bueno, en él no cae simplemente, podría decirse que se desprende y se desliza con estilo.
Pablo suelta el cuchillo que estaba utilizando y corre hacia mí dando pequeños saltos de alegría.
- ¡Llegaste! Cantaba.
Me quedé en la entrada sosteniendo las llaves en silencio, mientras veía como la imagen de mi novio se iba diluyendo a medida que se me acercaba, dejándome en un apartamento vacío y en completa oscuridad.
-Llegaste, dije. Suspiré.
Enciendo las luces de la cocina y comienzo el ritual que desde la muerte de Pablo acompaña todas mis noches. Abro la nevera, saco una cerveza, enciendo un pequeño parlante y busco una canción, pero no cualquier canción, busco una bien triste, porque a veces no basta con estar mal, tienes que escuchar música re-melancólica que te ponga más triste para que te sientas de lo peor. A veces no quieres felicidad.
“...I'm here without you baby
But you're still on my lonely mind.
I think about you baby and I dream about you all the time.
I'm here without you baby
But you're still with me in my dreams
And tonight girl, it's only you and me...”
Mientras picaba unos tomates y unas cebollas, a mi cabeza comienzan a llegar miles de recuerdos de los dos, Pablo bailando mientras yo cocinaba. Recuerdo lo duro que fue para él acostumbrarse a mi sazón. Fueron días de sopas saladas o simples, carnes secas y pollos medio crudos. Ahora que lo pensaba bien, nunca antes o después, la comida tuvo un sabor tan rico.
Comienzo a marinar la carne y por un momento siento sus manos que me abrazan por la espalda mientras me dice al oído: "huele súper rico mi amor". Sonrío mientras veo desaparecer las manos que hace un instante me abrazaban.
“...My hands are tied
My body bruised, she's got me with
Nothing to win and
Nothing left to lose…”
Termino de servir la comida, tomo lo que quedaba de la cerveza y me siento en la mesa a comer. De pronto, dejo caer los cubiertos, siento un frío recorrer mi espalda, mi estómago me da vueltas al ver un invitado que no esperaba sentado al otro lado de la mesa.
- Hola mi amor, por favor no te asustes, pero tenemos que hablar. Dijo Pablo.
Salgo corriendo, mientras escucho los platos quebrarse y los muebles caerse. Llego corriendo al pasillo y comienzo a oprimir el botón del ascensor. ¡Marica, marica, marica! Giro la cabeza para ver que nadie me sigue y solo encuentro una puerta entreabierta. “¿Y si todo había sido producto de mi imaginación?. No, pero ni por el putas me voy a devolver, por muy imaginario que fuera”.
Pasaron quince minutos desde el momento en que salí corriendo del apartamento, continuaba caminando de un lado para el otro comiéndome las uñas. Me di cuenta que dejé el puto celular sobre la mesa de la sala. Me armo de valor y vuelvo a subir. Mientras las puertas del ascensor se abren, respiro profundo. Miro a ambos lados y camino sopesando cada uno de mis pasos hacia la puerta que sigue entreabierta.
Cierro los ojos, vuelvo a respirar como si me preparara para correr una maratón y abro la puerta principal de mi apartamento... ¡Él sigue ahí! Sentado, esperando.
¡Llegaste! Me dice, como si estuviera feliz de verme.
-¿Qué haces aquí? Pregunto.
- Oye, esa no es la forma de recibir a tu novio. Me responde con una mueca.
- Pensé que estabas muerto.
- Y lo estoy, pero como te dije ahora, antes de que salieras corriendo, vine a hablar contigo.
Me quedo en silencio, repitiendo en mi cabeza cada una de sus palabras: “y lo estoy”. Marica, me volví loco, pienso. Entro, pero dejo la puerta semi abierta, recojo la silla y me siento en la punta por si tengo que volver a correr.
Mi cabeza no deja de dar vueltas, tengo mis manos en las piernas mientras disimuladamente me pellizco en la rodilla a ver si estoy despierto.
Pablo se levanta e intenta caminar hacia mí pero se arrepiente, tal vez fue porque abrí mucho los ojos y traté de escapar otra vez.
- No tengas miedo, soy yo, Pablo, tu novio desde hace 11 años.
No me salen las palabras, pero no puedo dejar de mirarlo. Está igual que el último día que lo vi, hace tres años. El mismo corte de cabello, el mismo jean desteñido, la misma camiseta roja, solo que descalzo.
- Corazón, vine a decirte algo muy importante. Lo veo acercarse más, yo trato de relajarme, pero realmente no sé qué pensar, tengo miedo; obvio, pero también siento una alegría infinita de que esté allí.
- Daniel, ¿te acuerdas de mi camiseta favorita? No la botes por fa…
¿Es en serio? Todo este tiempo, todo lo que lo he llorado, que lo he querido y ¿él viene del más allá solo para preguntarme por esa puta camiseta? ¡Y lo peor! Dice eso y se va. Fui a la alcoba, abrí el armario, tomé con cuidado la camiseta, la llevé al lavadero y quemé esa hijueputa.
Pablo comenzó a caminar de regreso a ese lugar que desde hacía tres años llamaba hogar. En su camino se topó con un hombre moreno, muy alto de ojos color miel, que parecía que lo estaba esperando mientras jugaba con una pequeña flauta.
- Hola Pablo, y... ¿Cómo te fue?
- Pablo levantó la cabeza, tenía los ojos encharcados.
-Hola Zedekiel, contestó.
El ángel le sonrió con ternura y comenzó a caminar a su lado.
- Fue lo correcto, ¿no? Tenía que superarme ¿no?, dijo Pablo.
Zedekiel se detuvo un momento, le sonrió y le dio un beso en la boca.
- Como tú lo hiciste con él.



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