Victoria
- Tatonadas
- 10 dic 2024
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Carlos caminaba por la habitación con la pesadez de la decepción hundiéndose en cada paso. Después de tres años, solo podía ver cómo todo se desmoronaba ante sus ojos con una gran impotencia. En medio de su desaliento, se dejó caer en el abrazo reconfortante de un sillón, sintiéndose cada vez más pequeño y vulnerable.
En ese silencio sombrío, apareció Victoria, su figura emanaba una confianza irreverente. Sus ojos chispeaban con arrogancia, y su sonrisa llevaba consigo una pizca de burla. Carlos, aún sumido en su enojo, la miró y le soltó todas sus frustraciones.
- No puedo creer que me hayas hecho esto.
Victoria, indiferente, se paseaba por la habitación sin prestar mucha importancia a lo que Carlos le decía.
- Tres años, Victoria, ¡tres putos años y te vas con otro! Hija de puta.
Le gritó desahogando sus penas.
Victoria, escuchó sus palabras con una mirada desenfadada, como si estuviera viendo una comedia aburrida. Le recriminó que hubiera elegido a otro en lugar de él, y en respuesta, ella solo se rio, una risa fría como el hielo.
- ¿Perdona, pensabas que eras diferente, especial acaso?
Sus palabras se clavaban como puñales en su pecho, era claro que no le importaba lo que él pensara de ella, que no le interesaba su lamento.
Carlos la observó con un odio profundo, sintiéndose atrapado en su encanto inaccesible.
- ¡Por ti abandoné a mi familia, a mis amigos!
- No me importa - le respondió.
- Pasé noches en vela, solo para complacerte.
- No me importa - volvió a responder, esta vez entre risas.
- ¡Maldita sea, te di todo lo que tenía!
- NO ME IM POR TA, en serio Carlos, no me importa.
Victoria se acercó despacio hacia donde él estaba, sus movimientos más que humanos se asemejaban a un felino listo para saltar en cualquier momento sobre una presa herida de muerte, lentamente comenzó a invadir su espacio. Carlos apretaba sus dedos en el apoya brazo tratando de contener sus ganas de alejar de un golpe a esa mujer que le había roto el corazón en mil pedazos. Victoria se inclinó hacia él y cuando estuvo solo a centímetros de su cara, volvió a sonreírle.
- Yo estoy con el que a mí me dé la regalada gana. Le escupió.
Carlos sintió un ardor recorrer su estómago, estaba listo para volver a la carga con sus reclamos. Pero la puerta de la habitación se abrió sin previo aviso.
- Ya llegó el Uber.
El socio de Carlos entró al salón, rompiendo la ilusión de una conversación que solo estaba pasando en su mente. Una conversación que buscaba liberar de alguna manera esa extraña relación que tenía Carlos con esa esquiva y caprichosa deidad, La Victoria. Una diosa que favorece solo a los que a ella se le antoja y que estaba seguro que esta vez, solo esta vez, después de tanto esfuerzo, después de años de trabajo y de grandes sacrificios, iba a estar de su lado.
El socio de Carlos con una mirada confusa, le preguntó:
- ¿Con quién hablabas?
Carlos, perdido en su propio torbellino de emociones, se giró hacia donde Victoria solía estar, pero ella había desaparecido, junto con la ilusión de cerrar el mejor trato de su vida.
- Con nadie - Respondió.
Carlos, caminó hacia la puerta y justo cuando estaba a punto de salir, sintió una última vez la mano de Victoria sobre su hombro, que había regresado solo para susurrarle al odio con ternura.
- Quizás la próxima tengas mejor suerte… o quizás no.
Carlos, cabizbajo salió de la habitación.

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