Desayuno. (Parte 1)
- Tatonadas
- 18 nov 2019
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 10 dic 2024

—¡Ya voy, ya voy! Eh… ¡me van a tumbar la hijueputa puerta, pues! —gritaba Pedro mientras intentaba caminar y ponerse una pantaloneta al mismo tiempo.
Miró por el ojo mágico, buscando al hijo de puta que lo había sacado de su cama un domingo a las seis y treinta y tres de la mañana. Al otro lado de la puerta estaba Natalia, su hermana. Tenía el pelo revuelto, una sudadera que hacía años había dejado de ser negra y, en un pie, una sandalia; en el otro, un tenis.
Pedro se apresuró a abrir.
—No sé cómo quiero los huevos… —dijo Natalia entre sollozos.
—Entra. Te preparo un café.
Se apartó de la puerta, dejando que su hermana y toda su tristeza pasaran.
Se dirigieron a la cocina. Pedro puso a hervir un poco de agua mientras observaba a Natalia sentarse en su barra/sala/comedor. Su hermana mayor estaba devastada; hacía dos semanas que había muerto su esposo. Era una de esas historias que comienzan en el colegio y parecen no terminar nunca. Bueno... nunca es una palabra que la Muerte no conoce.
Un silencio triste, pesado, melancólico se apoderó de la casa. Pedro sacó dos tazas y comenzó a preparar el café. Ninguno dijo una palabra, tal vez no hacía falta. Tal vez, estar los dos así, en silencio era más consuelo que cualquier intento de hablar sobre el amor o sobre perder a alguien. Y en ninguno de esos temas Pedro era un experto.
Hacía seis años que había roto el corazón de la mujer con la que compartió la mitad de su vida. Durante todo ese tiempo pensó que podía encontrar a alguien mejor, que no la amaba tanto... Ahora, seis años después de haberla dejado llorando en el piso de su antiguo departamento, recordarla le dolía.
Tomó una taza y se la entregó.
—Gracias —murmuró Natalia, sin mirarlo.
Pedro observó cómo un par de lágrimas caían dentro de la taza de su hermana. El sonido de un celular rompió el silencio.
—¡Ma, hola! —respondió Pedro mientras corría a su habitación—. Sí, está acá. No, no hace falta... Ma, en serio no hace falta. Te llamo más tarde.
Regresó a la cocina.
—Era mamá, quería saber si estás bien —dijo, pero Natalia no lo escuchaba; estaba perdida en sus pensamientos.
La mañana transcurría, el café se enfriaba y el silencio volvía a ser lo único constante.
—Debes estar cansada. ¿Por qué no mejor te recuestas un rato?
—¿Sabes lo que veo cuando cierro los ojos, Pedro? —dijo Natalia, mirándolo fijamente—. Nada. No lo veo a él. No veo a nadie. Es como si me hubiera quedado sola en el mundo.
Rompió a llorar de nuevo.
Pedro no respondió.
—Tal vez eso es lo peor de todo —continuó ella—. No es el dolor, es la nada. Rompió a llorar, y Pedro se acercó, incómodo.
—Vamos. Descansa. Te prometo que me quedaré a tu lado.
Natalia obedeció a regañadientes. Dejaron las tazas, ella se secó las lágrimas y ambos fueron al cuarto de Pedro. Al acostarse, Natalia se quedó dormida casi de inmediato.
—Pobre —pensó Pedro, acariciándole la cabeza—. La vida puede ser tan injusta... Su hermana, por más altanera o arrogante que él la encontrara a veces, no merecía ese dolor.
De repente, Pedro se preguntó si su ex había sentido un dolor similar cuando rompieron. Un recuerdo apareció en su mente: un viejo semáforo.
—¡¿Pedro?! ¡Hola! —Una mujer le tocó el hombro mientras él esperaba que el semáforo cambiara para cruzar.
—¡Hola, mujer! ¡Hace mucho que no te veía!
—Sí. ¿Y cómo vas?
—Bien, bien. Terminando la práctica.
A unos pasos, una chica de cabello negro liso escuchaba la conversación con timidez. Pedro levantó la cabeza, se quedó callado por un instante y sonrió como un idiota.
—¡Pero qué bruta soy! Pedro, ella es Camila. Camila, Pedro.
—Mucho gusto, Juan.
Todos rieron.
Un movimiento en la cama lo devolvió al presente. Natalia se giró y, al verla, Pedro se dio cuenta de que ahora era él quien lloraba.
¿Y si no me hubiera ido? ¿Y si hubiera luchado un poco más?
Hubiera, hubiera, hubiera.
Cómo odiaba esa maldita palabra.



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