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Una oscura noche.

  • Foto del escritor: Tatonadas
    Tatonadas
  • 22 ago 2019
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 17 sept 2019




El relámpago cayó muy cerca de la casa y el estruendo fue tan fuerte que desperté muy asustada, mis manos sudaban, mi corazón latía tan rápido que por un momento sentí que se me iba a salir del pecho. Me sentía agitada, algo cansada. No sé hace cuánto había comenzado a llover, pero lo hacía tan fuerte que parecía que Dios había roto su juramento. Traté de encender la bombilla. - “Vida hijueputa la mía”. Creo que la tormenta dañó el flujo eléctrico, estábamos en tinieblas.

Al parecer todos dormían y me dió rabia que solo a mí me hubiera despertado la lluvia. Levanté mis manos como una estúpida tratando de tantear en la oscuridad. Otro relámpago iluminó la habitación, ¡solté un grito! Mis manos tenían sangre… Otra vez oscuridad, seguía lloviendo, el instinto me hizo tocarme todo el cuerpo buscando una herida. ¡Nada! volví a subir mis manos, buscaba el escaparate, seguro ahí mi abuela tendría guardadas unas velas. -"Marica, mi abuela” pensé, y comencé a llamarla, ¡abuela!, ¡Ma! ¡Alejo! nada, nadie.

Otro relámpago, mi pijama también tenía sangre. Logré ver el escaparate y me acerqué a él, otra vez oscuridad. Seguía llamando a mi familia pero nadie contestaba, y si esta sangre no era mía tenía que ser de uno de ellos. -”Dónde está esa puta vela, marica”.

Otro relámpago.

Salí a ciegas de mi habitación, pegada al muro, escuchando entre la lluvia, tratando de estar alerta a cualquier sonido, unos pasos, un movimiento que me ayudara a entender lo que estaba pasando. Pero solo se escuchaba cómo las gotas de agua golpeaban con fuerza el techo de la casa, las ventanas parecía que iban a estallar.

Abrí lentamente la puerta de la habitación de Alejo… y susurré su nombre. - “Hermanito”. - “Alejo”. Me agaché y gateé hasta su cama. Llovía cada vez más duro. -”Hermanito”. No respondía. Al llegar a la cama sentí su cuerpo, lo sacudí pero no se despertaba, de repente sentí algo mojado, caliente pero mojado, otro relámpago. Alejo estaba muerto, tendido en un charco de sangre en su cama. Quería gritar, pero me tapé la boca para no hacerlo, me quedé un momento a su lado. Maldiciendo, quién había sido capaz de matar a un niño de 11 años, malparidos. -”¡Malparidos!”. Salí gateando de su habitación, y gateé hasta la pieza que quedaba el final del corredor. Era la habitación más grande de la casa, en realidad era la habitación de mi abuela y cada verano mi mamá se queda en ese cuarto con ella. Abrí la puerta lentamente… -”Abuelita, Ma”, las palabras que salían de mi boca era un susurro mezclado con susto y llanto. -”Abuelita, Ma”. Tampoco respondían, pero sabía que ahí estaban. Me acerque a la cama de mi abuela, el horror se apoderó de mí y de mi cuerpo al darme cuenta que no tenía la cabeza. Un grito de terror salió sin pensarlo, traté de contenerme, -”Ma”. -”Jueputa mi mamá”. Mi mamá también estaba muerta. Me senté a llorar al lado de mi madre. Otro relámpago y pude ver a mi mamá con los ojos abiertos, una lágrima recorría su mejilla y todavía salía sangre de su cuello. Otra vez a oscuras… ¿y si el o los asesinos que mataron a mi familia seguían en la casa? Salí corriendo de esa habitación, la oscuridad no me permitía ver nada y mi cabeza comenzaba a dar vueltas, qué era lo que estaba pasando, tropecé con una puta silla en el corredor, lloraba, me quería esconder, no quiero morir así, así no… Sentían que un escalofrío recorría mi espalda como si alguien me observara. No sé muy bien cómo, pero logré llegar al ático. Lloraba, no podía dejar de pensar en mi familia, en la sangre, en la muerte. Esto tenía que ser un sueño, una puta pesadilla, y si lo era, quería despertar ya. ¡Ya!, - por favor quiero despertar, quiero despertar, por favor. Pero no lo era y algo me decía que yo era la próxima, otro escalofrío recorrió mi cuerpo. Me senté en el suelo con mis manos tomé mis rodillas y escondí mi cabeza, estaba segura que quien haya matado a todos estuvo jugando toda la noche conmigo. Y lo peor es que ahí, sentada en el suelo rodeada de oscuridad sentía su presencia. El hijo de puta me quiso viva para tenerme así, temerosa, como una presa cuando sabe que no hay nada más que hacer más que morir.

Otro relámpago y vi sus ojos, unos ojos rojos diabólicos, sedientos de sangre que me miraban fijamente desde el fondo de la habitación. Otro relámpago y todo se vino abajo al ver que esos ojos rojos que me miraban con ganas de matarme, sedientos de sangre no eran más que mi reflejo en el espejo.

 
 
 

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