Semántica
- Tatonadas
- 29 ago 2019
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 27 dic 2024

El coronel Padilla no pertenecía a ese lugar. Lo sabía desde el momento en que cruzó la puerta de la mansión. Era la sexta fiesta en mes y medio que organizaba el presidente electo, y, como las anteriores, estaba llena de políticos hipócritas, empresarios oportunistas y militares que se pavoneaban como gallos en un corral. Nada de eso le interesaba.
Esa incomodidad lo llevó a alejarse del bullicio y recorrer la casa. Terminó en el jardín, un espacio que, aunque perfectamente cuidado, le pareció más un escenario que un lugar real. Flores rojas y blancas, arbustos recortados con precisión quirúrgica, y, al final, una fuente custodiada por leones de mármol tan realistas que casi podía sentir que lo acechaban.
Se detuvo frente a la fuente, observando la cascada que caía de las manos de un ángel. El sonido del agua lo tranquilizó por unos segundos, hasta que una voz lo sacó de sus pensamientos.
—Hermoso, ¿no le parece? —La voz de Ana Gutiérrez lo sacó de su contemplación.
El coronel Padilla giró hacia ella. El contraste entre su vestido negro y las luces del jardín la hacía parecer más una sombra que una persona de carne y hueso.
—Sí, lo es —respondió él con tono neutro, tratando de medir sus palabras.
Ella avanzó un par de pasos más.
—Es curioso verlo aquí, coronel. Lejos de la música, de las risas... y de ellos. —Señaló con un leve movimiento de cabeza hacia la mansión.
Él no respondió.
—No lo culpo. —Ana dejó escapar una sonrisa apenas perceptible—. Esa gente puede ser… agotadora, ¿no cree?
El coronel mantuvo la vista fija en la fuente.
—Coronel, ¿le puedo hacer una pregunta?
El coronel permaneció en silencio, mientras seguía mirando la fuente.
Ana se acercó un poco más, dejando que su voz bajara a un registro casi confidencial.
—¿Qué opina del nuevo presidente?
El coronel la miró con desconfianza.
—Es… el nuevo comandante en jefe. —Su tono era cortante, pero ella no pareció notarlo o, más bien, no le importó.
Ana dejó escapar una risa breve. Dio otro paso hacia él, tan cerca que el perfume que llevaba le resultó ineludible.
—Vamos, coronel. —Su voz descendió a un susurro—. Aquí no hay nadie. Puede ser honesto conmigo. Le prometo que guardaré su secreto.
El coronel la observó en silencio. Algo en sus palabras, en la forma en que las decía, le hacía sentir que ella ya sabía la respuesta.
—Otro imbécil —murmuró finalmente—. Otro corrupto hijo de puta.
Ana sonrió, como si esa confesión no la sorprendiera.
—¿Y por qué piensa eso?
El coronel se quedó quieto, pensativo. No era fácil hablar de alguien como él, pero no había vuelta atrás.
—Es un hombre con una ambición... peligrosa. Otro corrupto más que haría lo que fuera necesario para conseguir lo que quiere.
Ana sonrió, pero no era una sonrisa amistosa. Era más bien la sonrisa de alguien que sabe exactamente de qué habla.
—¿Y eso le molesta? —preguntó, acercándose un paso más, su tono suave pero firme.
El coronel la observó con desconfianza, pero algo en ella lo hacía bajar la guardia.
—¡Claro que me molesta! —Su voz se alteró un poco; estaba cansado de la clase política, de sus mentiras, años y años de preocuparse solo por ellos mismos.
Ana lo miró fijamente, casi como si estuviera buscando algo en sus ojos. Después, con calma, dio un paso más, lo suficientemente cerca como para susurrarle al oído.
—Eso es exactamente lo que piensa el nuevo presidente.
El coronel la miró, ahora en silencio.—¿Qué quiere decir?
—El país está podrido. —respondió ella—. Y para que cambie, para que realmente cambie, tenemos que arrancar el mal desde la raíz. Y usted, como el presidente, sabe que eso no lo hará alguien que tenga miedo de ensuciarse las manos. Por eso el presidente está pensando en usted.
El coronel no dijo nada. Miró hacia la mansión, como si pensara en lo que realmente implicaba ese camino.
Ana sonrió, confiada, como si hubiera leído cada uno de sus pensamientos.
—El presidente lo necesita. Usted será su lanza. La mano que ejecutará las decisiones que nadie más se atreve a tomar.
El coronel dio un paso atrás, su expresión endurecida.
—Lo que usted me está pidiendo es que me convierta en un asesino.
—Semántica… —Ana sonrió, dejando que su voz volviera a ese susurro hipnótico.
—¿Semántica? —respondió el coronel, sin entender lo que ella le decía.
—Mata a un hombre y serás un asesino. Mata a miles, y serás el salvador de una nación. ¿Lo ve, coronel? Semántica.
Ana se giró y comenzó a caminar hacia la fiesta, dejando al coronel con sus pensamientos y los leones.
—Los nazis también mataron a millones —le dijo el coronel.
Ella se detuvo. Luego, con una sonrisa cargada de una seguridad inquietante, respondió:
—Lo sé. Pero dígame, coronel: ¿quién escribió esa historia?
Ana siguió caminando y desapareció entre las sombras del jardín.
Él no dijo nada. Se quedó mirando a los leones por un largo rato, inmóvil, pensando. Finalmente, giró hacia la mansión. Bajó la cabeza, metió las manos en los bolsillos y esbozó una sonrisa breve, apenas un destello, pero suficiente.
Detrás de él, los leones de mármol parecían observarlo, cómplices mudos de todo lo que estaba por venir.



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