Empleado público
- Tatonadas
- 22 ago 2019
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 29 ago 2019
Cuando el senador, Alberto Urrego, llegó a su oficina en el capitolio se sentía cansado. No podía entender en qué momento todo se había ido al carajo, no era medio día y ya más de la mitad de su bancada estaba siendo recluida en la prisión de alta seguridad de la capital. Y la otra mitad había sido ajusticiada en las calles de todo el país. Era cuestión de tiempo antes de que dieran con él. Su sentido común le aconsejaba que se largara, que saliera corriendo, “déjalo todo imbécil, sálvate o estarás muerto” pensaba. Pero su orgullo lo obligó a ir a su oficina. Asumió que siendo él, el presidente del Senado y de su partido no podría salir corriendo. Sentía que podía encontrar una solución, quizás hablando con el nuevo presidente, lograría llegar a un acuerdo.
Tardó más de una hora en llegar a su oficina, en un recorrido que el día anterior solo le había tomado unos 15 minutos. Se encerró en su despacho, bajo las persianas, tomó su teléf...
–“Senador Alberto, lo estaba esperando”.
Una voz tranquila invadió el cuarto. Una voz que él reconocía muy bien le hablaba desde la esquina de su despacho. Una extraña sensación lo tomó por sorpresa, no la entendía, aunque la conocía bien, pero normalmente era él quien inspiraba ese tipo de reacciones, de respeto, de miedo.
-“Se... se... señor presidente, no lo esperaba encontrar acá”, tartamudeaba
– “Es usted muy modesto senador, una persona de su importancia merece toda mi atención.” El presidente hablaba tan calmado y sereno que casi daba la sensación de que afuera no estaba pasando absolutamente nada, ni los disparos ni los gritos ni el eco de las botas de los soldados, nada, ni siquiera los bombazos.
–“Pero por favor senador, tome asiento”. Lo invitó el presidente mientras le señalaba la silla con un revólver calibre 45. Más que tomar asiento, el senador se dejó caer, se vio derrotado contemplando a su vencedor y desde ese momento dueño de su destino. –“Dígame senador, ¿se considera usted un buen servidor público?”.




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